Un día es igual a un año, Olga.
Hay años en los que apenas te pasa nada y días que te dejan un peso de años.
Ya sabes lo que pienso: el tiempo es la gran mentira por desemascarar. El que te escribe ahora es el mismo que el viernes conducía despacio de vuelta a casa después de trabajar, cantando a Van Morrison, pensando dónde podía buscarte los playeros para tu regalo de cumpleaños.
Entre ambos momentos hay cuatro días de miedo y dolor. Cuatro días en los que te he pedido perdón mil veces; cuatro días queriéndote desde el pánico a perderte.´
Hacía siglos que no me sentía tan frágil como en estos días en que pensé que te perdía por mi propia estupidez. Después todo pareció arreglarse. Incluso quisiste presentarme a tu madre. Todo parecía volver al mismo estado que el viernes cuando volvía conduciendo cantando a casa.
Y de pronto el lunes vuelve la zozobra. El territorio del miedo. En cuanto entras por la puerta del sindicato vuelven tus dudas. Vuelven palabras como "no se si podré superarlo", "algo se ha muerto" o "esto no es lo quiero". Me parece tan surrealista seguir dándole vueltas a ese asunto que me inclino a pensar que me estás mintiendo. No puede ser que a algo con una importancia tan relativa le estés dando relevancia de catastrofe. Tiene que haber algo más. No quieres verme, pese a que te demuestro mi pánico, mi necesidad de estar contigo para evitar perderte. Me pides un día para pensártelo y por supuesto no te lo concedo. En estos cuatro días he pedido perdón y me he humillado más que en los últimos diez años.
Un día después no creo que me hayas mentido, aunque he llegado a conclusiones que casi te dejan en peor lugar. Un día despues pienso que te has dejado influir por terceros más que por lo que sientes. Pienso que es más importante para tí hacerle ver a alguna gente que no dejas pasar cosas como las que pasaron, que el hecho de poder joderme o incluso perderme. "Déjale las cosas claras desde el principio"."Como pases esta tendrás que pasar por muchas".
Hay años en los que apenas te pasa nada y días que te dejan un peso de años.
Ya sabes lo que pienso: el tiempo es la gran mentira por desemascarar. El que te escribe ahora es el mismo que el viernes conducía despacio de vuelta a casa después de trabajar, cantando a Van Morrison, pensando dónde podía buscarte los playeros para tu regalo de cumpleaños.
Entre ambos momentos hay cuatro días de miedo y dolor. Cuatro días en los que te he pedido perdón mil veces; cuatro días queriéndote desde el pánico a perderte.´
Hacía siglos que no me sentía tan frágil como en estos días en que pensé que te perdía por mi propia estupidez. Después todo pareció arreglarse. Incluso quisiste presentarme a tu madre. Todo parecía volver al mismo estado que el viernes cuando volvía conduciendo cantando a casa.
Y de pronto el lunes vuelve la zozobra. El territorio del miedo. En cuanto entras por la puerta del sindicato vuelven tus dudas. Vuelven palabras como "no se si podré superarlo", "algo se ha muerto" o "esto no es lo quiero". Me parece tan surrealista seguir dándole vueltas a ese asunto que me inclino a pensar que me estás mintiendo. No puede ser que a algo con una importancia tan relativa le estés dando relevancia de catastrofe. Tiene que haber algo más. No quieres verme, pese a que te demuestro mi pánico, mi necesidad de estar contigo para evitar perderte. Me pides un día para pensártelo y por supuesto no te lo concedo. En estos cuatro días he pedido perdón y me he humillado más que en los últimos diez años.
Un día después no creo que me hayas mentido, aunque he llegado a conclusiones que casi te dejan en peor lugar. Un día despues pienso que te has dejado influir por terceros más que por lo que sientes. Pienso que es más importante para tí hacerle ver a alguna gente que no dejas pasar cosas como las que pasaron, que el hecho de poder joderme o incluso perderme. "Déjale las cosas claras desde el principio"."Como pases esta tendrás que pasar por muchas".
Piensa si merecía tanto castigo. Me emborraché y le grité sin razón a una amiga tuya delante de un montón de gente. Discutí contigo por esa razón, te grite, te llamé gilipollas y le pegué una patada a una botella antes de irme. Eso es lo que pasó. Es evidente que fue un error, que lo reconocí como tal y que pedí perdón, más de la cuenta si me apuras.
Ún día puede ser igual a un año, aunque ese día sea un puto lunes. Un día que comencé a tu lado, encantado, con el bizcocho de tu madre para el desayuno. Poco después de separarme de ti tus palabras me devolvían al miedo.
Todos conocemos el territorio del miedo. Todos hemos vuelto alguna vez de una noche o un día en el infierno. Aunque pueda parecerte que la vida ha sido amable conmigo, te aseguro que me quedan pocas esquinas por conocer del territorio del miedo. Imagino que tu también lo conoces. Estoy seguro de ello. Por eso sabrás que cuando ingresamos en él nos convertimos en otra persona, y que esa persona es exactamente justo lo que nunca quiseramos ser.
Si algo sé del territorio del miedo es que no se puede estar mucho tiempo en él. Ahí sí que los minutos se convierten en años pesados, y cada segundo que pasa, te dejas en él algo de ti que ya no volverá. Por eso mi prisa por salir de él, por volver al bizcocho de tu madre y el calor de tu piel. Por eso no podía concederte ese día para pensar.
Ya estoy del vuelta del territorio del miedo, aunque no haya sido para regresar al lugar que deseaba. Me he traido un par de souvenirs: una cajetilla de Marlboro que había dejado olvidada allí la última vez que estuve, un día soleado de Difuntos, y una mirada seca y dura que ya conocía. Para no tener tentaciones de regresar a ese lugar, también dejé alli tus números de teléfono. Fue laborioso, no sólo tuve que borrar tu nombre de la agenda sino cada uno de los rastros que podían hacerme poder recuperar tus números cuando sintiera tentación de llamarte un minutos después de haberlos borrado: la lista de llamadas y todos tus mensajes y los míos a tí. En mis tres teléfonos. Borré incluso el número de Naní, por si sentía tentaciones de hacer más el ridículo y llamarla a ella. Los borré porque consideré que ya me había humillado lo suficiente en estos tres días, y sabía que de conservarlos seguiría haciéndolo. Se los dejé en prenda al miedo.
Y aquí estoy, seco como el ojo de un tuerto, pero al menos sin pánico. Al menos pude dormir tranquilo pensando en el futuro.
Ojalá a los dos nos sirva de algo este fracaso.
Ún día puede ser igual a un año, aunque ese día sea un puto lunes. Un día que comencé a tu lado, encantado, con el bizcocho de tu madre para el desayuno. Poco después de separarme de ti tus palabras me devolvían al miedo.
Todos conocemos el territorio del miedo. Todos hemos vuelto alguna vez de una noche o un día en el infierno. Aunque pueda parecerte que la vida ha sido amable conmigo, te aseguro que me quedan pocas esquinas por conocer del territorio del miedo. Imagino que tu también lo conoces. Estoy seguro de ello. Por eso sabrás que cuando ingresamos en él nos convertimos en otra persona, y que esa persona es exactamente justo lo que nunca quiseramos ser.
Si algo sé del territorio del miedo es que no se puede estar mucho tiempo en él. Ahí sí que los minutos se convierten en años pesados, y cada segundo que pasa, te dejas en él algo de ti que ya no volverá. Por eso mi prisa por salir de él, por volver al bizcocho de tu madre y el calor de tu piel. Por eso no podía concederte ese día para pensar.
Ya estoy del vuelta del territorio del miedo, aunque no haya sido para regresar al lugar que deseaba. Me he traido un par de souvenirs: una cajetilla de Marlboro que había dejado olvidada allí la última vez que estuve, un día soleado de Difuntos, y una mirada seca y dura que ya conocía. Para no tener tentaciones de regresar a ese lugar, también dejé alli tus números de teléfono. Fue laborioso, no sólo tuve que borrar tu nombre de la agenda sino cada uno de los rastros que podían hacerme poder recuperar tus números cuando sintiera tentación de llamarte un minutos después de haberlos borrado: la lista de llamadas y todos tus mensajes y los míos a tí. En mis tres teléfonos. Borré incluso el número de Naní, por si sentía tentaciones de hacer más el ridículo y llamarla a ella. Los borré porque consideré que ya me había humillado lo suficiente en estos tres días, y sabía que de conservarlos seguiría haciéndolo. Se los dejé en prenda al miedo.
Y aquí estoy, seco como el ojo de un tuerto, pero al menos sin pánico. Al menos pude dormir tranquilo pensando en el futuro.
Ojalá a los dos nos sirva de algo este fracaso.
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