Hace siete meses, cuando Olga metió su lengua en mi boca y le devolví la caricia, yo pesaba cinco kilos menos que ahora, salía a correr al parque cada día cuando se ponía el sol, llevaba un año sin fumar y mi agenda era un buen lugar al que acudir cuando me apetecía hacer algo con alguien.
Siete meses de relación después, he recuperado esos cinco kilos, llevo medio año sin correr, he vuelto a fumar y casi no se a quién llamar para nada.
Todo ello culpa mía por supuesto. Pero ahora que me he decidido a despejarla (sí, como una incógnita en una ecuación compleja) me siento con fuerzas para dedicarme a mí el tiempo que antes le dedicaba a abandonarme para ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario