"Tiene dos hijos. La generación del derecho a ser feliz tiene todo doble, gemelo: dos coches, dos televisores, dos ordenadores, dos equipos de música, dos casas, dos perros, dos carreras, dos teléfonos celulares, dos fijos, dos hijos. A veces tiene dos vidas, o pretende vivir dos veces.
Y tiene dos árboles. Uno de ellos suele ser un olivo traído de los campos andaluces y cuyas cenicintas ramas jamás se varean en invierno, ni se recogen en mantas sus aceitunas, aunque el precio que se pagó por el árbol supera con creces al del aceite necesario para una familia de cuatro personas durante diez años. Son olivos que dan pena. Haga sol o esté nublado, se les ve más grises, más plateados, más argentinos que a otros olivos del campo: son los olivos más tristes del mundo, siempre melancólicos, mustios, fuera de sitio. Más que olivos trasplantados, traídos de los campos andaluces, se diría, casi se podría asegurar, que son olivos secuestrados. Claro que de esas cosas, la generación del derecho a ser feliz no se entera porque les han convencido que un suburbio es el campo.
Paciencia, espera, renuncia, resignación, qué palabras tan viejas. Como el viajar callado del que va y nadie sabe que ha ido. La generación del derecho a ser feliz viaja también dos veces: una, el viaje real; otra el viaje medianero, que consiste en verlo todo a través de una cámara que relata sin piedad lo único que percibe su único ojo: paisajes sin dolor, mares sin brisa, gente en pantalón corto. A veces alguien rebobina y viaja ocho veces. La generación del derecho a ser feliz jamás se compadece de los que se han quedado.
Quiza esta falta de compasión por el próximo sea una de sus principales características, porque la generación del derecho a ser feliz cree tener tanto derecho a ser feliz, que causa infelicidad por donde pasa".
Mónica Fernández-Aceytuno.
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